Miro
alrededor y todo parece el escenario ideal para un día extraordinario: un cielo
espectacularmente azul clarito, una que otra nube blanca casi deshaciéndose
transparente.
Me siento
en el mood de escribir lo que
estoy escuchando y ver si los sonidos van a la par de lo que siento. Para crear
el ambiente perfecto sintonizo la radio en una musiquita chévere, así como
tranquilita pero sin que parezca de salón de belleza o de la que uno escucha
cuando camina window shopping por los moles. No hago más que sentarme y se acaba la
canción. No le había prestado atención a la letra por si acaso era romántica
que no me dañase la nota. Hay un hombre
hablando en inglés, pero mi cerebro estaba en español. Por eso no pude entender
lo que estaba diciendo hasta que subió la voz un poco y dijo “¡Praise de
Lord!”.
Okei. Pues había
puesto una emisora religiosa… ¡y en inglés! Pero no quería levantarme de la
silla. Me había dado trabajo animarme a escribir y ya lo estaba haciendo. Así
que decidí quedarme en el mode de español y no prestarle mucha atención
a los mensajes. No es que me moleste que hablen de Dios, es que ya había
hablado con él tempranito por la mañana y eso de escuchar un sermón en inglés
no era.
Bendije el
día en que aprendí a escribir con los diez dedos sobre el teclado, y con eso
también, a darle rápido pa’ que no se me perdieran las ideas estancadas en un
pensamiento en específico. Cerré los
ojos y escuché el sonido del tren urbano.
Debe estar como a unos veinte minutos o más, a pie, desde la casa. Pero
el viento sopla desde el este y me trae el zumbido hasta aquí. Miré el celular, le dí al botón de arriba a
verificar si era verdad que nadie me había llamado. Era verdad, no había missed
calls. Tampoco había mensajes de
texto. Eso me llevó a recordar las veces
que le reclamaba a mi ex que nunca me escribía un mensajito nice pa’ ver
cómo me estaba yendo el día. Ni me llamaba para ver si me acostumbraba a estar
sola en la casa, en un país tan distinto al mío.
Se detuvo
el chorro de agua. Volví a la realidad con el sonido de los motores de un avión
que despegaba (como hacía un ratito había despegado mi mente). Sí, desde aquí
también se sienten los aviones despegando. Como recordándome que quiero
regresar a la vida que llevaba, pero que ahora no se puede. Volví a mirar el teléfono, pero esta vez no
apreté el botón para ver si tenía mensajes o missed calls. No me había
despegado de él. No había sonado el
timbre de los Angry Birds que me avisan si alguien me texteó. Es raro que suene uno o el otro.
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