martes, 3 de abril de 2012

El timbre callado


Miro alrededor y todo parece el escenario ideal para un día extraordinario: un cielo espectacularmente azul clarito, una que otra nube blanca casi deshaciéndose transparente. 

Es domingo, y como si fuese un momento mágico, hasta lo pájaros se acomodan en árboles distintos y unos a los otros se cantan y se contestan. Claro, interrumpido por el sonido de la manguera con el chorro de agua dando sobre metal, seguido por una escoba que definitivamente estrega con espuma unos escrines. 

Me siento en el mood  de escribir lo que estoy escuchando y ver si los sonidos van a la par de lo que siento. Para crear el ambiente perfecto sintonizo la radio en una musiquita chévere, así como tranquilita pero sin que parezca de salón de belleza o de la que uno escucha cuando camina window shopping por los moles.  No hago más que sentarme y se acaba la canción. No le había prestado atención a la letra por si acaso era romántica que no me dañase la nota.  Hay un hombre hablando en inglés, pero mi cerebro estaba en español. Por eso no pude entender lo que estaba diciendo hasta que subió la voz un poco y dijo “¡Praise de Lord!”. 

Okei. Pues había puesto una emisora religiosa… ¡y en inglés! Pero no quería levantarme de la silla. Me había dado trabajo animarme a escribir y ya lo estaba haciendo. Así que decidí quedarme en el mode de español y no prestarle mucha atención a los mensajes. No es que me moleste que hablen de Dios, es que ya había hablado con él tempranito por la mañana y eso de escuchar un sermón en inglés no era. 

Bendije el día en que aprendí a escribir con los diez dedos sobre el teclado, y con eso también, a darle rápido pa’ que no se me perdieran las ideas estancadas en un pensamiento en específico.  Cerré los ojos y escuché el sonido del tren urbano.  Debe estar como a unos veinte minutos o más, a pie, desde la casa. Pero el viento sopla desde el este y me trae el zumbido hasta aquí.  Miré el celular, le dí al botón de arriba a verificar si era verdad que nadie me había llamado. Era verdad, no había missed calls.  Tampoco había mensajes de texto.  Eso me llevó a recordar las veces que le reclamaba a mi ex que nunca me escribía un mensajito nice pa’ ver cómo me estaba yendo el día. Ni me llamaba para ver si me acostumbraba a estar sola en la casa, en un país tan distinto al mío.

Parece una eternidad desde que me fui de Holanda.  Los domingos eran tan distintos. Nos preparábamos un desayuno como para reyes; dejábamos todo recogido, chequeábamos en AccuWeather como iba a estar el tiempo ese día. En Holanda cambia de sol a lluvia con la velocidad de la luz. Entonces arrancábamos sin rumbo por la inmensa autopista, nos desviábamos hacia una carretera secundaria, y empezaba el desfile de campos que parecían infinitos, ovejas, más adelante vacas, granjas (bien distantes una de la otra), las calabazas decorativas de todas las formas y colores puestas sobre una mesa con una pequeña cajita para que el que pasara dejase unas monedas y se llevase una calabaza, o dos, o tres, ¡o diez!

Se detuvo el chorro de agua. Volví a la realidad con el sonido de los motores de un avión que despegaba (como hacía un ratito había despegado mi mente). Sí, desde aquí también se sienten los aviones despegando. Como recordándome que quiero regresar a la vida que llevaba, pero que ahora no se puede.  Volví a mirar el teléfono, pero esta vez no apreté el botón para ver si tenía mensajes o missed calls. No me había despegado de él.  No había sonado el timbre de los Angry Birds que me avisan si alguien me texteó.  Es raro que suene uno o el otro. 

Los pájaros ya no estaban cantando. La ropa sigue colgada en el cordel esperando a secarse. Ahí estaba de nuevo la voz del ministro hablando en lenguas.  Tal vez no sea mala idea imaginarme que está hablando conmigo. Sería chévere una conversacioncita pa’ matar el aburrimiento, pa’ pensar en otra cosa.  Oigo una puerta de carro que se cierra. Una sola, no dos.  Y vuelvo a despegar.